Domingo – Lunes – Martes – Miércoles – Jueves – Viernes – Sábado – Domingo – …
Los días pasan iguales, se completan semanas y las voy tachando en un calendario, viendo acercarse lo que yo llamo “hitos”: es decir, exámenes o vacaciones. Sólo tengo 23 años, pero a veces me maldigo porque nada o casi nada me sorprende o ilusiona. El año transcurre como siempre, rápido (sin que sea sinónimo de pasarlo especialmente bien), con sus cuatro estaciones, que incluyen un largo verano y una compulsiva y cada vez más repelente Navidad.
Es duro darse cuenta de que nuestra vida está dentro de una locomotora de paso monótono, desde la cual a veces vislumbramos pequeños pueblecitos con encanto, inmensos mares o frondosas junglas. Y son muy pocos los que se atreven a saltar en marcha de ese tren, y lanzarse a la aventura fuera de los raíles. Los que lo consiguen suelen ser tachados de locos, pero a ellos les da igual. Por algo será.
Si nos detenemos a contemplar los raíles, los veremos desgastados, de tantas y tantas personas cuyo tren ha recorrido el mismo camino de ida, que suele ser el camino de la comodidad, de aceptar las cosas tal y como vienen, de tomar pequeñísimas decisiones (como qué carrera escoger, por ejemplo) que no harán sino transformar irrisoriamente una vida aburrida en otra más aburrida aún. Es el camino del conformismo, que algunos incluso recorren sin ni siquiera asomarse por las ventanas, bien por ignorancia o bien por miedo a la verdadera libertad.
Atrapados en un cubículo durante la mayor parte del día, relacionándonos por conveniencia con gente que no nos merece la pena, esclavizados por un sueldo del que sobretodo obtendremos inútiles productos e hipotecas, uniéndonos y luego separándonos de personas que no amamos, y teniendo hijos que seguirán nuestro triste camino, el de los viejos raíles, al que se verán abocados sin darse cuenta y sin haberlo elegido. Es triste, pero en un simple esquema lineal podemos resumir las vidas de miles de millones de personas:
Nacimiento – Estudios – Trabajo – Matrimonio – Hijos – Más trabajo – Jubilación – Muerte
De esa línea aburrida podremos rescatar, cómo no, buenos momentos y grandes satisfacciones, que de cuando en cuando otorgan un mínimo sentido a lo que hacemos. Pero intuyo que aquellos valientes que se lanzaron fuera del tren gozan de una existencia más interesante, con la bendición de no tener unos pasos que seguir.
Este verano, tras visitar algunos de los lugares más paradisíacos y vírgenes del planeta, me di cuenta de que se puede vivir realmente como ser humano. De que nuestras necesidades físicas nos las resuelve con eficacia la propia naturaleza. La sociedad occidental, que presume de libertades y derechos, ha construido un sistema en que sus habitantes, sin saberlo, viven esclavizados por unas necesidades ficticias y caras. Un sistema que continuamente se retroalimenta y se hace más y más grande, contaminando a otros lugares y otras culturas, llenando hermosos valles de viejos raíles, convirtiendo existencias plenas en encerradas vidas autómatas.
