viernes, 10 de diciembre de 2010

Misterios e imaginación


Quiero y no puedo escribir. Quiero escribir sobre la eternidad, sobre el minúsculo punto que suponemos para el espacio y el tiempo dentro de un infinito misterio llamado Universo. Quiero escribir sobre las casualidades que nos han permitido estar vivos y tener manos para escribir, ojos para leer y cerebro para conocer. En definitiva quiero escribir sobre cosas que ni yo ni nadie sabe o sabrá. Pueden considerarse más que nunca desvaríos, pero al menos busco desahogarme congelándolos por escrito, y no dejando que sean como molestas moscas que revolotean en mi cabeza desde que tengo uso de razón.

Podemos escribir para comprender, pero ni millones de años escribiendo y reflexionando alcanzarían para resolver mínimamente alguno de los misterios insondables del ser humano, aquellos con los que hemos sido arrojados a este mundo. Simplemente no hay un porqué, la ciencia apenas alcanza a otorgarnos unas leves trazas de un cómo y un cuándo. A veces me pregunto cómo la gente puede permanecer tan impasible ante interrogantes de tal magnitud, hasta qué punto los “problemas” terrenales mantienen a las personas ajetreadas de un lado para otro, resolviendo deudas, combatiendo nimiedades, mientras están cada vez más alejadas de los cielos ante los que nuestros antepasados se estremecieron incluso antes de encender el primer fuego. Es triste que hayamos agachado tanto la cabeza y que la luz de nuestras ciudades nos prive de ver el espectáculo del cosmos.

Me resulta desasosegante pensar que nuestro planeta, nuestro sistema solar y nuestra galaxia, se mueven a miles de kilómetros por hora hacia un horizonte desconocido. ¿En medio de qué nos movemos? ¿De verdad somos frutos de una gran explosión (Big Bang) de un punto singular de materia infinita? Y lo más importante, ¿qué prendió la mecha para tal explosión? ¿qué había antes?

Me llaman la atención las múltiples teorías físicas que intentan dar una explicación sobre estos temas; hasta me resulta gracioso que el hombre intente comprender, mediante la ciencia, cosas que sospecho están muy por encima de nuestra lógica cerebral. Aun así, hay algunas teorías curiosas, como la del Big Crunch (cada vez más aceptada), que defiende que tras el Big Bang, el Universo se expande cada vez con menos velocidad hasta pararse por completo al acabar la inercia de la gran explosión inicial, viéndose los cuerpos celestes de nuevo atraídos unos contra otros por efecto de la gravedad hasta volver a formar un punto singular cuyo estallido vuelve a originar todo. Si esta teoría fuese cierta y nos paramos a pensar un poco… ¿acaso no habré escrito esto infinitas veces en el pasado? ¿acaso no lo habrás leído por última vez hace cientos de miles de millones de años? Si todo vuelve a concentrarse en un punto singular creador de espacio y tiempo, cuando se produzca un nuevo Big Bang, ¿por qué el desarrollo posterior habría de ser diferente, si se produce en medio de condiciones que sólo altera este propio desarrollo? Quizá nuestro planeta Tierra se ha formado infinitas veces en el pasado, muriendo después engullido por el Sol, hasta que millones de años después todo vuelve a formar un cúmulo primordial que al estallar vuelve a crear las condiciones exactamente iguales para que de nuevo aparezcamos, con nuestro pretendido libre albedrío, que no es otro que millones de interacciones con el entorno que podrían repetirse idénticas por los siglos de los siglos, desde las primeras reacciones químicas creadoras de vida, hasta el movimiento de mis dedos sobre el teclado. Porque, querámoslo o no, no somos dueños de nuestros actos, sino simple asistentes a sus consecuencias. Nunca podremos volver atrás en el tiempo y tomar decisiones diferentes. Tenemos una falsa sensación de libertad, cuando en realidad nuestras vidas trazan una perfecta, irrompible e impenetrable línea temporal desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte.

Hace bien poco, investigadores de la NASA descubrieron en el Lago Mono (California), una bacteria capaz de realizar procesos metabólicos a través del arsénico, un elemento que hasta entonces se pensaba altamente venenoso y no formaba parte de la “receta de la vida”. Esta clase de descubrimientos no hace sino confirmar el pequeño porcentaje de conocimientos que el ser humano tiene sobre la realidad. Está bien, somos creadores de potentes máquinas, podemos comunicarnos al instante desde una punta del planeta hasta la otra, hemos curado mortíferas enfermedades… pero ¿acaso no ignoramos aspectos primordiales de la creación y la vida? Incluso nuestro propio cerebro constituye, a día de hoy, un grandísimo misterio: de hecho, hay una curiosa ley metafísica que defiende que nunca un instrumento u organismo podrá comprenderse haciendo uso de ese mismo instrumento. Por tanto, mediante las ideas o inventos originados por nuestro cerebro, nunca podremos alcanzar a comprender su naturaleza ni funcionamiento. No quiero ni pensar lo lejos que estamos de comprender la creación.

No soy para nada creyente ni practicante de ningún tipo de religión; de hecho, éstas me parecen rudimentarios inventos humanos para dar una fácil explicación sobre lo desconocido. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en una mano creadora en el propio concepto de vida… ese momento único, hace unos cuatro mil millones de años, en que inanimados elementos se unieron aparentemente por azar y también por azar desarrollaron pequeñas funciones, pequeñas síntesis proteicas usando como energía el Sol y como medio el agua. A partir de ahí, lo que todos conocemos, progresiva evolución y complejidad en las estructuras de la vida, hasta llegar (no sin sobresaltos, por ejemplo en forma de extinciones masivas) a una actualidad donde el planeta está poblado por flora y fauna altamente eficientes, y hay corazones latiendo incluso a seis mil metros de profundidad bajo el agua y con total ausencia de luz.

El Universo, nuestro entorno y todo lo que el ser humano conoce, se rige por una “regla de juego” inamovible: la ley de la gravedad. Esta ley, que a simple vista nos mantiene “pegados” al suelo y provoca el movimiento de los planetas y las estrellas, va mucho más allá: incluso el espacio-tiempo fluctúa según los pliegues de la gravedad. Sin la interacción gravitatoria no existiría esta realidad. Y es ahí donde quiero llegar, rozando los límites entre la física y la filosofía… podemos llegar a pensar en la existencia de otros mundos, otros Universos donde las reglas de juego sean completamente diferentes, donde la ley de atracción universal (que es un principio inamovible para nuestra concepción de la realidad) no exista o tenga otros parámetros. La verosimilitud de este Universo, con sus leyes físicas, pienso que no hace sino confirmar que podrían existir infinitos otros con leyes distintas pero igualmente válidas. Teóricamente todo sería válido, puesto que los principios son verdaderos sin un porqué, como en nuestra realidad, sean cuales sean. Y no, no se trata de imaginar otras realidades con planetas planos en lugar de esféricos, sino de concepciones muy alejadas de lo que nuestra imaginación, alojada en un cerebro preparado para nuestro mundo, podría jamás arrojar.        

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Recuerdos, tecnología y palabras

“Yo también me quemé los pies con el suelo del patio…”





Las generaciones más mayores, a día de hoy, suelen dar por sentado que las redes sociales son algo negativo, absorbe-sesos e infernalmente adictivas. No les falta razón.

Aunque como toda tecnología, puede ser susceptible de diferentes tipos de uso, unos mejores y otros peores. Esta noche del 7 de Diciembre me veo sorprendido por una página creada por mis sobrinas Mercedes y María José, en las que se nos invita a iniciar frases con “Yo también…” y a continuarlas con alguna experiencia que hayamos tenido en familia. Por supuesto, generalmente son experiencias de las navidades o sobretodo del verano, compartido por este numeroso grupo de primos, tíos, abuelos, etc. en la “Casa Grande” de Monturque.

Y lo que ha empezado como un gracioso pasatiempo se está convirtiendo en un interactivo baúl de los recuerdos, donde cada uno aporta su particular anécdota, que por lo general hace reír bastante a los demás, y nos hace rememorar situaciones y vivencias que yacían en algún lugar perdido de nuestro cerebro, esperando a que alguien las rescatara para arrancarnos una sonrisa.

A veces, en nuestra cabeza relacionamos cosas que aparentemente no tienen nada que ver. Esta tarde, en el emocionante discurso de agradecimiento por el Nobel de Mario Vargas Llosa, defendió la literatura, y la palabra en general, como medio por el cual el ser humano trasciende de sí mismo y puede compartir historias con otros, fijar un ideario y vivir experiencias (amores, aventuras y viajes) que nunca vivirá en su insípida y mundana existencia. A esa lista de virtudes yo añadiría la de la palabra (asociada en este caso a la red social) como el vehículo más inmediato y potente para compartir recuerdos comunes. Las elocuentes frases del “Yo también…” familiar evocan los veranos en Monturque con mayor nitidez que la mejor de las fotografías, y me hacen revivir las largas tardes en la piscina con más riqueza que un vídeo en alta definición. Mientras que una fotografía congela de forma totalmente parcial un milisegundo de realidad, una frase se lee y se construye simultáneamente en nuestro cerebro,  excitando millones de conexiones neuronales que pueden hacerte recordar o vivir con infinitamente más intensidad aquello que se enuncia.

Me sigue pareciendo mágico que mediante la conjunción correcta de una serie de símbolos (letras) podamos evocar tantísimas (yo diría infinitas) cosas en nuestra mente. Y que  poderosas y avanzadas tecnologías sin cables, y millones de circuitos sincronizados y creados tras años de investigación, tengan como finalidad algo tan esencial para el ser humano como la comunicación. Y no la comunicación entendida como estar al tanto de las noticias o la bolsa, sino la más primordial y básica comunicación: la de los recuerdos, experiencias e historias.

Ayer mi amigo Manuel me comentaba que creó su blog personal para poner orden a tantas y tantas ideas que sobrevienen a diario en su cabeza. Le comenté que me parecía un fenomenal ejercicio, que yo también vengo realizando desde no hace mucho tiempo. En nuestros días, que aunque suene a tópico están llenos de prisas y no invitan para nada a la reflexión, y en nuestras edades, donde todavía nos estamos formando una personalidad y una opinión (si es que eso existe) es necesario parar de vez en cuando y preguntarnos cosas, y auto respondernos a esas cuestiones como humildemente podamos.

Así que, masoquísticamente (y me acabo de inventar una palabra “por la cara”, pero creo que todo el mundo la entenderá aunque no esté reconocida por la RAE), intentaré resumir las ideas que me han llevado a escribir la parrafada anterior:

-Las palabras son entes cuasi mágicos que el ser humano tiene la suerte y la necesidad de poseer, como herramienta para transmitir no sólo instrucciones banales, sino lo más profundo de nuestro ser. Casi se podría hablar de estas necesidades básicas: “respirar, comer, dormir, reproducirse… COMUNICARSE”, estando esta última en mayúscula porque nos sirve para obtener comida o preguntar dónde hay refugio, o aplicando ingeniosamente sus leyes más ocultas, encontrar una pareja acorde con la que yacer y reproducirse (y aquí estoy desvariando un poco).

-La tecnología, en ocasiones mal vista o denostada por buena parte de la sociedad, es para los que la dominamos un mero vehículo para otros fines. Es decir, el emisor y el receptor trascienden (y trascenderán) a la propia tecnología, por novedosa, rápida o increíble que esta sea. Lo importante seguirá siendo el mensaje, aunque el canal (en el caso de Internet en general o las redes sociales en particular) sea cada vez más eficiente.  En este punto cabe una relación con mi carrera (Arquitectura): recuerdo que un profesor nos dijo, en nuestro primer año, que no nos obcecáramos con las múltiples herramientas y opciones de AutoCAD (el software de dibujo por excelencia, o en este caso el “canal” de comunicación), sino que lo domináramos con nuestras ideas y lo usáramos como una simple herramienta para expresar nuestro “mensaje” (en este caso el pretendidamente elocuente plano de un proyecto básico de un edificio, que como representación bidimensional que es, ha de entenderla el mayor número de personas posible).

-La escritura es en cierto modo una sana terapia, un ejercicio de ordenación de las ideas y, pese a su carácter de compartición con los demás, una búsqueda continua, íntima y personal.


Comenzando

¡Saludos! Si estás leyendo estas líneas, hay un 99 por ciento de posibilidades de que yo mismo te haya dicho la dirección de este blog. Siempre habrá amigos a los que se le "escape" y se la digan a otros conocidos, y si algún día escribo algo interesante puede que incluso gente que no conozca acabe visitando esta web. Tengo que decir que, por descontado, no es eso lo que me interesa. 

Quiero tener aquí mi pequeño rincón en la red, donde acabarán algunos de mis desvaríos, intentando en vano ser traducidos en palabras para quedar almacenados por tiempo indefinido y para que, quien se anime, pueda dar su visión sobre las cosas, o simplemente insultarme para divertirse si es eso lo que le apetece.

Por supuesto no todo lo que escribo acabará en el blog, puesto que hay textos demasiado personales o que no han podido "traducirse" con éxito en palabras desde mi cabeza, que últimamente siento en estado de ebullición tras unos años de letargo.

No quiero fijarme ningún tipo de ritmo en la publicación, porque se convertiría en otra "tarea" más que asumir a la cotidianeidad. Tampoco aquí encontrará nadie una opinión firme y fija sobre las cosas, porque no la tengo.

Espero que lo que escriba os pueda aportar algo, al igual que a mí me aporta sentido expresar con palabras lo que mi mente produce.