Quiero y no puedo escribir. Quiero escribir sobre la eternidad, sobre el minúsculo punto que suponemos para el espacio y el tiempo dentro de un infinito misterio llamado Universo. Quiero escribir sobre las casualidades que nos han permitido estar vivos y tener manos para escribir, ojos para leer y cerebro para conocer. En definitiva quiero escribir sobre cosas que ni yo ni nadie sabe o sabrá. Pueden considerarse más que nunca desvaríos, pero al menos busco desahogarme congelándolos por escrito, y no dejando que sean como molestas moscas que revolotean en mi cabeza desde que tengo uso de razón.
Podemos escribir para comprender, pero ni millones de años escribiendo y reflexionando alcanzarían para resolver mínimamente alguno de los misterios insondables del ser humano, aquellos con los que hemos sido arrojados a este mundo. Simplemente no hay un porqué, la ciencia apenas alcanza a otorgarnos unas leves trazas de un cómo y un cuándo. A veces me pregunto cómo la gente puede permanecer tan impasible ante interrogantes de tal magnitud, hasta qué punto los “problemas” terrenales mantienen a las personas ajetreadas de un lado para otro, resolviendo deudas, combatiendo nimiedades, mientras están cada vez más alejadas de los cielos ante los que nuestros antepasados se estremecieron incluso antes de encender el primer fuego. Es triste que hayamos agachado tanto la cabeza y que la luz de nuestras ciudades nos prive de ver el espectáculo del cosmos.
Me resulta desasosegante pensar que nuestro planeta, nuestro sistema solar y nuestra galaxia, se mueven a miles de kilómetros por hora hacia un horizonte desconocido. ¿En medio de qué nos movemos? ¿De verdad somos frutos de una gran explosión (Big Bang) de un punto singular de materia infinita? Y lo más importante, ¿qué prendió la mecha para tal explosión? ¿qué había antes?
Me llaman la atención las múltiples teorías físicas que intentan dar una explicación sobre estos temas; hasta me resulta gracioso que el hombre intente comprender, mediante la ciencia, cosas que sospecho están muy por encima de nuestra lógica cerebral. Aun así, hay algunas teorías curiosas, como la del Big Crunch (cada vez más aceptada), que defiende que tras el Big Bang, el Universo se expande cada vez con menos velocidad hasta pararse por completo al acabar la inercia de la gran explosión inicial, viéndose los cuerpos celestes de nuevo atraídos unos contra otros por efecto de la gravedad hasta volver a formar un punto singular cuyo estallido vuelve a originar todo. Si esta teoría fuese cierta y nos paramos a pensar un poco… ¿acaso no habré escrito esto infinitas veces en el pasado? ¿acaso no lo habrás leído por última vez hace cientos de miles de millones de años? Si todo vuelve a concentrarse en un punto singular creador de espacio y tiempo, cuando se produzca un nuevo Big Bang, ¿por qué el desarrollo posterior habría de ser diferente, si se produce en medio de condiciones que sólo altera este propio desarrollo? Quizá nuestro planeta Tierra se ha formado infinitas veces en el pasado, muriendo después engullido por el Sol, hasta que millones de años después todo vuelve a formar un cúmulo primordial que al estallar vuelve a crear las condiciones exactamente iguales para que de nuevo aparezcamos, con nuestro pretendido libre albedrío, que no es otro que millones de interacciones con el entorno que podrían repetirse idénticas por los siglos de los siglos, desde las primeras reacciones químicas creadoras de vida, hasta el movimiento de mis dedos sobre el teclado. Porque, querámoslo o no, no somos dueños de nuestros actos, sino simple asistentes a sus consecuencias. Nunca podremos volver atrás en el tiempo y tomar decisiones diferentes. Tenemos una falsa sensación de libertad, cuando en realidad nuestras vidas trazan una perfecta, irrompible e impenetrable línea temporal desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte.
Hace bien poco, investigadores de la NASA descubrieron en el Lago Mono (California), una bacteria capaz de realizar procesos metabólicos a través del arsénico, un elemento que hasta entonces se pensaba altamente venenoso y no formaba parte de la “receta de la vida”. Esta clase de descubrimientos no hace sino confirmar el pequeño porcentaje de conocimientos que el ser humano tiene sobre la realidad. Está bien, somos creadores de potentes máquinas, podemos comunicarnos al instante desde una punta del planeta hasta la otra, hemos curado mortíferas enfermedades… pero ¿acaso no ignoramos aspectos primordiales de la creación y la vida? Incluso nuestro propio cerebro constituye, a día de hoy, un grandísimo misterio: de hecho, hay una curiosa ley metafísica que defiende que nunca un instrumento u organismo podrá comprenderse haciendo uso de ese mismo instrumento. Por tanto, mediante las ideas o inventos originados por nuestro cerebro, nunca podremos alcanzar a comprender su naturaleza ni funcionamiento. No quiero ni pensar lo lejos que estamos de comprender la creación.
No soy para nada creyente ni practicante de ningún tipo de religión; de hecho, éstas me parecen rudimentarios inventos humanos para dar una fácil explicación sobre lo desconocido. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en una mano creadora en el propio concepto de vida… ese momento único, hace unos cuatro mil millones de años, en que inanimados elementos se unieron aparentemente por azar y también por azar desarrollaron pequeñas funciones, pequeñas síntesis proteicas usando como energía el Sol y como medio el agua. A partir de ahí, lo que todos conocemos, progresiva evolución y complejidad en las estructuras de la vida, hasta llegar (no sin sobresaltos, por ejemplo en forma de extinciones masivas) a una actualidad donde el planeta está poblado por flora y fauna altamente eficientes, y hay corazones latiendo incluso a seis mil metros de profundidad bajo el agua y con total ausencia de luz.
El Universo, nuestro entorno y todo lo que el ser humano conoce, se rige por una “regla de juego” inamovible: la ley de la gravedad. Esta ley, que a simple vista nos mantiene “pegados” al suelo y provoca el movimiento de los planetas y las estrellas, va mucho más allá: incluso el espacio-tiempo fluctúa según los pliegues de la gravedad. Sin la interacción gravitatoria no existiría esta realidad. Y es ahí donde quiero llegar, rozando los límites entre la física y la filosofía… podemos llegar a pensar en la existencia de otros mundos, otros Universos donde las reglas de juego sean completamente diferentes, donde la ley de atracción universal (que es un principio inamovible para nuestra concepción de la realidad) no exista o tenga otros parámetros. La verosimilitud de este Universo, con sus leyes físicas, pienso que no hace sino confirmar que podrían existir infinitos otros con leyes distintas pero igualmente válidas. Teóricamente todo sería válido, puesto que los principios son verdaderos sin un porqué, como en nuestra realidad, sean cuales sean. Y no, no se trata de imaginar otras realidades con planetas planos en lugar de esféricos, sino de concepciones muy alejadas de lo que nuestra imaginación, alojada en un cerebro preparado para nuestro mundo, podría jamás arrojar.
