“Yo también me quemé los pies con el suelo del patio…”
Las generaciones más mayores, a día de hoy, suelen dar por sentado que las redes sociales son algo negativo, absorbe-sesos e infernalmente adictivas. No les falta razón.
Aunque como toda tecnología, puede ser susceptible de diferentes tipos de uso, unos mejores y otros peores. Esta noche del 7 de Diciembre me veo sorprendido por una página creada por mis sobrinas Mercedes y María José, en las que se nos invita a iniciar frases con “Yo también…” y a continuarlas con alguna experiencia que hayamos tenido en familia. Por supuesto, generalmente son experiencias de las navidades o sobretodo del verano, compartido por este numeroso grupo de primos, tíos, abuelos, etc. en la “Casa Grande” de Monturque.
Y lo que ha empezado como un gracioso pasatiempo se está convirtiendo en un interactivo baúl de los recuerdos, donde cada uno aporta su particular anécdota, que por lo general hace reír bastante a los demás, y nos hace rememorar situaciones y vivencias que yacían en algún lugar perdido de nuestro cerebro, esperando a que alguien las rescatara para arrancarnos una sonrisa.
A veces, en nuestra cabeza relacionamos cosas que aparentemente no tienen nada que ver. Esta tarde, en el emocionante discurso de agradecimiento por el Nobel de Mario Vargas Llosa, defendió la literatura, y la palabra en general, como medio por el cual el ser humano trasciende de sí mismo y puede compartir historias con otros, fijar un ideario y vivir experiencias (amores, aventuras y viajes) que nunca vivirá en su insípida y mundana existencia. A esa lista de virtudes yo añadiría la de la palabra (asociada en este caso a la red social) como el vehículo más inmediato y potente para compartir recuerdos comunes. Las elocuentes frases del “Yo también…” familiar evocan los veranos en Monturque con mayor nitidez que la mejor de las fotografías, y me hacen revivir las largas tardes en la piscina con más riqueza que un vídeo en alta definición. Mientras que una fotografía congela de forma totalmente parcial un milisegundo de realidad, una frase se lee y se construye simultáneamente en nuestro cerebro, excitando millones de conexiones neuronales que pueden hacerte recordar o vivir con infinitamente más intensidad aquello que se enuncia.
Me sigue pareciendo mágico que mediante la conjunción correcta de una serie de símbolos (letras) podamos evocar tantísimas (yo diría infinitas) cosas en nuestra mente. Y que poderosas y avanzadas tecnologías sin cables, y millones de circuitos sincronizados y creados tras años de investigación, tengan como finalidad algo tan esencial para el ser humano como la comunicación. Y no la comunicación entendida como estar al tanto de las noticias o la bolsa, sino la más primordial y básica comunicación: la de los recuerdos, experiencias e historias.
Ayer mi amigo Manuel me comentaba que creó su blog personal para poner orden a tantas y tantas ideas que sobrevienen a diario en su cabeza. Le comenté que me parecía un fenomenal ejercicio, que yo también vengo realizando desde no hace mucho tiempo. En nuestros días, que aunque suene a tópico están llenos de prisas y no invitan para nada a la reflexión, y en nuestras edades, donde todavía nos estamos formando una personalidad y una opinión (si es que eso existe) es necesario parar de vez en cuando y preguntarnos cosas, y auto respondernos a esas cuestiones como humildemente podamos.
Así que, masoquísticamente (y me acabo de inventar una palabra “por la cara”, pero creo que todo el mundo la entenderá aunque no esté reconocida por la RAE), intentaré resumir las ideas que me han llevado a escribir la parrafada anterior:
-Las palabras son entes cuasi mágicos que el ser humano tiene la suerte y la necesidad de poseer, como herramienta para transmitir no sólo instrucciones banales, sino lo más profundo de nuestro ser. Casi se podría hablar de estas necesidades básicas: “respirar, comer, dormir, reproducirse… COMUNICARSE”, estando esta última en mayúscula porque nos sirve para obtener comida o preguntar dónde hay refugio, o aplicando ingeniosamente sus leyes más ocultas, encontrar una pareja acorde con la que yacer y reproducirse (y aquí estoy desvariando un poco).
-La tecnología, en ocasiones mal vista o denostada por buena parte de la sociedad, es para los que la dominamos un mero vehículo para otros fines. Es decir, el emisor y el receptor trascienden (y trascenderán) a la propia tecnología, por novedosa, rápida o increíble que esta sea. Lo importante seguirá siendo el mensaje, aunque el canal (en el caso de Internet en general o las redes sociales en particular) sea cada vez más eficiente. En este punto cabe una relación con mi carrera (Arquitectura): recuerdo que un profesor nos dijo, en nuestro primer año, que no nos obcecáramos con las múltiples herramientas y opciones de AutoCAD (el software de dibujo por excelencia, o en este caso el “canal” de comunicación), sino que lo domináramos con nuestras ideas y lo usáramos como una simple herramienta para expresar nuestro “mensaje” (en este caso el pretendidamente elocuente plano de un proyecto básico de un edificio, que como representación bidimensional que es, ha de entenderla el mayor número de personas posible).
¡Qué grande eres!
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